jueves 25 de agosto de 2011
jueves 30 de diciembre de 2010
Die Scheinwelt
¡Ah del barco! ¿Hay alguien ahí? No… sólo el maldito, sólido, imperturbable silencio. ¿Qué ha sido de los ansiados aplausos, dulce ambrosía, manjar de dioses prometido junto a la euforia de la reverencia final? ¿Dónde el radiante sol sobre las flores resplandecientes? No, maldita Perséfone, que vas dejando tras tu manto la desolada tierra yerma, estéril bajo tus fríos pies de hielo, cuando parece que te vas para no volver. ¿Por qué te arrimas a los infiernos, blandiendo candil de gélida plata en tus finas manos, viciado artefacto que te alumbra en las profundidades del Hades cuando no hay ya nada que tus ojos puedan ver?
Maldita infame, que donde antes sembrabas con tus manos y con tu sexo fértiles semillas y derramabas por tus labios pétalos de rosas y margaritas, no hay más que pútridos tallos rotos y flores deshojadas por doquier. ¿Por qué te fuiste? ¿Volverás? Todavía guardo tus delicadas ropas, tu perfume de azahar. Y permanece cálido tu lecho, tensas las sábanas blancas, aguardando en su pureza tu sucia llegada. Pero, dime, ¿por qué te fuiste? ¿Volverás?
Amé la vida que me dabas; la adoré, rindiendo mis halagos y cortesías a tu magnética silueta a la que me entregué por las noches y contemplaba pura y distante al amanecer por las mañanas. Eras la flor y nata, tus suaves bucles ondeando bajo el almendro del jardín, ensombreciendo cielo y tierra con tu oceánica mirada. Y ahora no son tus uñas de marfil sino garras afiladas con las que aras el páramo de mi alma, y tus ojos dos diamantes en bruto capaces de rayar hasta tu sonrisa metálica. ¿Pero de verdad te marchas? No puedo seguirte hasta tan profundo, pérfida sirena que con tu efímero canto caduco enloqueces mi corazón y arrumas alevosa mis entrañas. ¿De verdad me dejas, solo en la estepa, tras sellar con tus labios la marca de Caín en mi frente y a lo largo de toda mi espalda?
Pero dime, detestable traidora, impuro espíritu, tina de infames encantos,
¿volverás?
Auf Wiedersehen, Scheinwelt.
Se funden las luces y el primer acto acaba.
Muere, duerme. Tal vez sueña.
jueves 2 de diciembre de 2010
silence like a cancer grows
the words of the prophets are written on the subway walls
Y se hizo el silencio, porque así lo quisieron ellos. Dejaron de lado todo lo que significaba vivir y se condenaron a rellenar de existencia vacía los segundos inertes. Olvidaron la belleza de las palabras, y la hermosa complejidad del baile abstracto de los números, ridiculizando burdamente toda danza que no tuviera por acto final una ferviente oda al frío metal. Esgrimieron las palas y las azadas, proyectando sobre sus cabezas las sombras, y desfilaron febriles, ávidos de oro, con las mortajas listas para el golpe final. Fue ante el humo negro y oscuro de las fábricas, profundamente maloliente como sus arrugados corazones de alquitrán, donde prestaron juramento bajando la vista para presenciar el entierro y ya no volvieron a alzarla jamás. Con el tiempo y a fuerza de acostumbrar al suelo las retinas, dejaron de soñar con poder tocar el cielo, negándose a intentar utilizar sus tristes alas desplumadas para volar. Se sacaron, pues, los ojos, y decidieron continuar con el ritual de mutilación aceptando como ovejas sin balidos el detestable silencio del espectador frente a asquerosas pantallas incontinentes de charlatanería imparable y las raciones individuales de despersonalización diarias. Se impregnaron de repugnante ocio barato, de artificiales relaciones consistentes en el contacto no humano y de drogas de nuevo siglo que oxidan la garganta y congelan la sangre en las arterias, todo ello con objeto de paralizar el cerebro por completo, hasta un punto en el que no se sabe siquiera si realmente sigue existiendo. Danzaban discapacitados por las calles, los oídos cerrados bajo los párpados ciegos, y en la espiral de la noche, tras los velos de la oscuridad, cuando las identidades se distorsionan y las personalidades se esbozan difusas tras las sombras, mendigaban como decadentes viejas plañideras entre los viandantes de bien suplicando su bendición. Confundidos entre la masa, cómo se lanzaban, apegados a su vida, sobre el gentío, confiando sus convicciones a la turbia vorágine del beneplácito social. Aceptaron dóciles el silencio, felices y mansos, haciéndolo suyo, y aquello les convirtió en una única masa, materia singular, pegajosa y trémula, donde todos se convertían en uno, retozando en una suerte de orgía sin sonido, sin suaves vellos electrizados, sin suspiros ahogados, todo yerto tejido y fluidos viscosos ahogando individuos, volviéndolos carne deshuesada sin valía ni pensamiento.
domingo 19 de septiembre de 2010
Carne y nervio.
El cielo reluce eléctrico bajo estos focos plagados de telarañas, de una manera extrañamente azul, envuelto en una neblina dañina y destilando fluorescencia apagada. Cubren los astros el firmamento, tan lejos de nosotros, pero quién sabe si a menos distancia de lo real. Todo a mi alrededor es giratorio. Todo cerca de mí da siempre vueltas sin parar. Es muy difícil construir un autorretrato cuando no hay más que una vieja caja de madera sin nada que se pueda tocar, habitada ocasionalmente por polillas y otros insectos ocultos. Por las noches, todo a mi alrededor es infinita llanura. El asfalto y la gris ciudad. Por las noches, todo se transforma en solitaria estepa. Danza la esencia de las cosas por las esquinas de las calles, virgen y pura enfundada en un vibrante vestido rojo con la entrepierna húmeda de lo superficial. Al morir el día, las voces se tensan y comienzan a parpadear, como una lucecita intermitente amenazada por la inminente extinción. Los cuerpos que me rodean visten trajes de piel, carne que se desprende de ellos permitiendo un ínfimo y desolado universo repleto de nada entre esqueleto y ser. Todo vuelve a repetirse a mi alrededor. Nada es real a mi alrededor. Todo es grito gigante e inmenso. Al penetrar el anochecer, los cerebros están dormidos o alterados, y qué miedo recorrer el afilado borde de la locura cuando aun no se sabe que ese sueño estalla en silencio y se desploma sobrecogiendo al corazón como rascacielos que vuelan por los aires a cámara lenta. Si viajamos por las ciudades que pueblan la mente encontramos pantanos de aguas negras y trenes que atraviesan las vías con metálico traqueteo. Es la marca de Caín invisible pero clara e imborrable como para nosotros, mortales, las estrellas. Y como los astros en el palpitante cielo, está ella escrita en la frente, grabada junto al cuello en el hueco de la clavícula, tallada sobre el hombro, cincelada bajo el saliente hueso de la cadera. Intenté borrarla, desprender la fina capa de piel, lamer y absorber la tinta. Todo da vueltas siempre muy rápido a mi alrededor. Descubrí mil maneras de perder la cabeza en mi camino por escapar de lo convencional, en ese empeño ciego e impetuoso con el que destruí muros a la vez que elevaba laberintos a mi paso. No me avergüenza admitir que siempre quise desmarcarme de lo habitual, porque me horroriza el tedio y me asusta la mediocridad, aunque haya estado a la vez tan cerca de caer en su trampa. Cuando la luz brilla con tanta intensidad, casi haciéndonos arder, deslumbra y oculta la inteligente melodía calma sobre la que apoyamos un pie tras otro, dando una vuelta por el lado salvaje. Pero qué calor que hacía, y vaya forma de incendiarlo todo con pálpito desbocado. Corre un poco de viento y se arremolinan perezosas las nubes, así como la lluvia fina empieza a caer, y a llevárselo todo. Al cabo de unas horas las gotas son limpias, tras atravesar y arrastrar en su caída la suciedad de la atmósfera. Todo es silencio y latidos de corazones a mi alrededor. Quiero derrotar las imágenes, detonar rascacielos, olvidar las palabras, destruir los conceptos. Todo es giratorio a mi alrededor. Todo es sonido cerca de mí. Escucharemos rasgar las vestiduras de lo trivial, caer los grandes edificios de la ciudad, en un mar de conocimiento embravecido que arrastre el lodo y el asfalto. Joder, qué desnudez más placentera. Se esfumarán los sueños, y volverán como las golondrinas a colgar para nosotros nidos de realidad. Ideas y sentimientos, fuertes como columnas de mármol, revestidas de hiedra trepando hasta los cofines de la voluntad y la mente. Todo es pálpito a mi alrededor.
martes 24 de agosto de 2010
A quemarropa
No era justo, pensé. Hablabas de la vida como si ya te la conocieras entera, palmo a palmo. Qué poco podía yo sospechar que nada se aproximaba menos a la realidad. Tú no tenías ni puta idea. Ni puta idea. De lo único que sí sabías, ¡y vaya que si sabías!, era de aliviar consciencias ajenas a la par que añadías por cada consejo un poco de plomo a la tuya. Actuabas como si nada te importara, como si no existiese nada por lo que realmente mereciera la pena preocuparse de verdad. ¿Y era realmente así o es que ya tenías el corazón tan vacío que ni siquiera te detenías un momento a pensar en ello? Estabas perdiendo la razón, querido, y qué alivio haberme dado cuenta a tiempo, porque de lo contrario, de lo contrario, dime, ¿dónde y con qué entre mis manos habría acabado? La palabra nada es terriblemente extensa y llega a nosotros sin avisar, hasta que no queda más remedio que aceptar esa llanura solitaria que se instala entre un riñón y otro, dentro de nosotros. Cuanto antes mejor, ¿verdad? Y allí me encontré, con una verdad insoslayable entre mis brazos. Y mejor que no estuviese yo en brazos de ella, ¿no crees? En los últimos años parecías haberte vuelto loco, temí que pudieras llegar a morir de un infarto. Soñé durante largas noches que se te caía el pelo a pedazos y que los dientes se despegaban de tus encías hasta dar con el frío suelo. Me dolía la cabeza sólo de pensarlo. Sólo de pensar. Tú me hacías pensar continuamente. Pero aún así sabía que el suicidio, aunque te agarrase bien del cuello y te arrastrase con él a ti, era tan solo la opción cobarde. Para mí, siempre lo sería. Un asesinato del subconsciente era mucho mejor. Total, me río al pensarlo a carcajada limpia, dime, ¿quién iba a investigar tu muerte, querido? No se puede controlar todo, deberías haberlo aprendido ya. Y, ¿sabes qué?, muerto el perro, dicen, se acabó la rabia, y joder que si rabiabas, ni tú mismo sabes cuánto. Perro rabioso incluso muerto es peligroso, ya lo dijeron en alguna antigua película, y me enseñaste lo suficiente como para no arriesgarme contigo. Te duele, ¿verdad? Escuece tanto como una herida con sal, pero yo, ya no lo siento. No es bueno sentir todo. Hay cosas que es mejor que no. Tú opinabas más bien al contrario, pero tú ya no opinas, ni piensas, y en realidad, tampoco sientes nada. Ahora mismo has dejado de existir porque yo lo he decidido. Te revolverás en tu tumba, en medio de esa nada está cavada y se retuerce exigiendo salir de ahí. Haré oídos sordos, maldeciré y juraré contra ti. Escupiré, me mearé encima de ti y me cagaré en ti. La nada lo engullirá todo, soberbia y tenebrosa. Ahora es amiga mía, porque no siempre tenemos que llenarlo todo. Me agobia tanta porquería amontonada, y tras esta limpieza, tú acabas en el cubo de la basura, junto a las ratas que te sacarán los ojos y los cristales de litronas estrelladas contra el fondo del contenedor, verde, húmedo, realmente repugnante.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




